Cuando la música falta, las palabras cantan

Por: Nicolás Morán

Cada vez que termina mi jornada laboral camino algunas cuadras hacia la terminal de colectivos de Belén de Escobar, donde espero alguno que me lleve a casa.

Parecía una tarde normal, en la que durante la espera pasaban las mismas personas de todos los días, veía los mismos colectivos, lo mismo de siempre. Sin embargo, iba a suceder algo que es normal, pero de una manera poco común.

Mientras esperaba el colectivo aparecieron dos personas que no había visto otros días, uno de ellos con una guitarra. Yo hablaba por teléfono, cuando uno de esos chicos me preguntó la hora, hasta ese entonces iba todo normal.

Luego de informarle la hora al muchacho a través de señas llegó el colectivo que debía tomar para volver a mi hogar. Aquí es donde comienza lo novedoso.

Subí al colectivo, pagué mi boleto y me senté del lado de la ventana en uno de los asientos dobles, casi al fondo del colectivo.

Desde allí, pude ver que el chico de la guitarra también subió y se paró en la mitad del transporte público. Yo, decidí no ponerme los auriculares. Es normal que un músico comparta su arte en un viaje, pero ésta no sería de manera habitual.

En el momento en el que los pasajeros terminaron de pagar sus boletos, el colectivo arrancó su viaje y, al mismo tiempo, el joven de la guitarra comenzó su presentación con un fuerte “BUENAS TARDES”. Nadie reaccionó, por lo que continuó con su discurso con una tonalidad baja, como si se hablara a sí mismo.

Dijo que iba a compartir unas canciones para disfrutar el viaje, así que bajó la mirada y comenzó a hacer sonar algunos acordes perdidos, como buscando alguna canción. Con una muy buena voz, comenzó a entonar “Tu Cárcel” de Los Enanitos Verdes, pero había algo raro.

Había algo cierto cuando bien pronunciaba la estrofa “nadie es perfecto y tú lo verás”. Ahí, noté que detrás de la gran voz del muchacho se escondía el sonido de una guitarra desafinada, de cuerdas oxidadas y madera gastada. Sin embargo, detrás de ese triste instrumento, en palabras de Los Enanitos Verdes “más de mil cosas mejores tendrás” (y las tenía en su excelente afinación).

Luego de ese clásico del rock nacional, se dió cuenta que no recibía reacción alguna de los pasajeros, así que se despidió con “Kilómetro 11” de Tránsito Cocomarola, un clásico del folklore que mezcla el castellano y el guaraní.

La canción fue corta y el público parecía seguir ausente, pero no era así. Se ve que no fui el único que notó el gran talento que escondía el joven detrás de su afligida guitarra. Y es que, al sacar de su bolsillo una tímida gorra que pasaba por los asientos de los pasajeros, varios realizaron aportes a este gran cantante. A veces, no es necesario tener un buen instrumento que reproduzca los acordes perfectos. Basta solo con una gran voz que canta cuando todo lo demás falta.