“Ausentes en la historia”: las veteranas de Malvinas

La historia silenciada de la guerra de Malvinas en la voz de una escritora escobarense.

El 2 de abril de 1982, la dictadura cívico-militar inició el desembarco de tropas en las islas Malvinas, usurpadas por Inglaterra en 1833.

Con esta acción de afirmación de la soberanía nacional, apoyada por un importante sector de la población, la dictadura intentaba ocultar la gravísima situación social, política y económica a la que había conducido su gobierno.

El conflicto armado concluyó el 14 de junio de 1982 con la rendición de la Argentina y provocó la muerte de 649 soldados argentinos, 255 británicos y 3 civiles isleños. El 22 de noviembre de 2000 el gobierno nacional estableció el 2 de Abril como el Día del Veterano y de los Caídos en la guerra de Malvinas, para honrar a los soldados muertos en esa guerra, conocer los hechos históricos relacionados con Malvinas e informar sobre la situación de los reclamos argentinos.

Las “veteranas”

En la guerra de Malvinas, además de los reconocidos hechos que llevaron a muchos jovenes a perder la vida por la codicia e impericias de un gobierno anticonstitucional e inepto, la historia de las mujeres de la guerra ha sido poco contada. Casi no existen veteranas reconocidas oficialmente pese a la extensa documentación de su participaciòn durante los combates al oficiar de enfermeras y médicas de los heridos. 

En honor a ellas un relato de la escritora escobarense, Silvia De Almeida (en facebook Silvia de Almeida literatura y en instagram @silviadealmeidaliteratura) presente en su libro “Un mes de 32 días”, para homenajearlas y recordarlas, como lo que son: veteranas.

AUSENTES EN LA HISTORIA
Para las ausentes de la historia: Silvia Barrera, en el buque Irizar; Alicia Reynoso, Gisela Bassler, Sonia Escudero, Stela Morales y Ana Massito, todas en Comodoro Rivadavia. Y para todas las enfermeras y médicas que desconozco y que también participaron. Para todas las MUJERES que participaron, mi humilde reconocimiento.

Anamaría miró la foto por última vez antes de guardarla en su carpeta forrada con papel araña rojo. Era lo único que se llevaba de recuerdo, la imagen de su cabellera larga y la de su novio. Adiós a los dos. El pelo crecería, hombres habría muchos, pero guerra una sola, pensó mientras el avión aterrizaba en Comodoro Rivadavia.

Bajó la escalera del avión vestida con su uniforme, una bufanda escosesa y una campera inflable que el viento despiadado intentaba sacarle.

En una hora tomarían el helicóptero que las trasladaría al buque, le dijo el suboficial a ella y a sus compañeras. Anamaría se sintió extraña y sintió el traslado como un paseo en montaña rusa para el que no se sacaba boleto.

Era de noche cuando las dejaron en el buque. Había estrellas pero el destello de los bombardeos en Puerto Argentino hacían que el paisaje del cielo se perdiese.

La tripulación no las esperaba y Anamaria pudo leer en sus rostros cierta disconformidad al verlas ahí. El Cabo de turno las acompañó al camarote.

La adrenalina del viaje, el mal de mar hicieron que Anamaría no pudiera dormir. Hasta antes de llegar al bote tuvo siempre la ilusión de una guerra falsa que se resolvería diplomáticamente. Pero al escuchar los primeros bombardeos supo que estaba equivocada. Cada bomba arañaba su corazón y le hacía sentir un gusto dulce a sangre en su boca.

El sol frío llegó a la mañana de ese primer día,pero en un cielo muy lejano. En el buque, Anamaría se disponía a salir del área de cuidados intensivos y recibía a los primeros heridos que eran trasladados en barcos pesqueros que parecían cáscaras de nueces al lado del buque. El viento, ayudado por los rugidos del mar, los hacía golpear contra él y dificultaba descenso de los heridos.

Anamaría ayudaba a los médicos con los heridos de bala. Al terminar el día,cuando cesaron los bombardeos, entró a la sala general. Caminó entre las camas. La mayoría de los soldados estaban sedados. Al final de la sala, encontró unos ojos que aparecían en el medio de un vendaje y que se agrandaron al verla. Se acercó y pudo ver una fila de lágrimas como balas dispararse de esos ojos. Se sentó sobre el borde de la cama y tomó las manos del soldado. Dormí, no estás sólo. Yo me quedo hasta que te duermas, le dijo.

La luna llena iluminó el buque y, al contrario a otras veces, Anamaría sintió que su cuerpo temblabla y sus ojos se llenaban de un brillo extraño.

Hubo otra mañana más. Mañana de lluvia. En el quirófano, el médico y Anamaría se ataron a la camilla para poder trabajar seguros; el movimiento del barco era infernal. El soldado tenía los dedos de los pies gangrenados del frío y deberían amputarlos. Al terminar de operar, dos de sus compañeras la ayudaron a llevarlo a la sala. Anamaría salió a la cubierta del buque. Respiró el aire cargado de sal. No podía sentir la lluvia que caía en su cuerpo mientras en su pecho las lágrimas caían como una avalancha de nieve.

Cesaron los bombardeos de otra de las tantas tardes. Anamaría recorrió las camas de la sala. Sus manos revoloteaban como mariposas entre otras que la apretaban para aliviar su dolor. Paseaban posándose por frentes afiebradas y se estrechaban con otras repitiéndo alguna oración.

Uno de los tenientes entró. Iluminado por el halo de su cabeza iba repartiendo sonrisas y golosinas que llevaba en una caja. Se acercó a una de las camas y sacó un chocolate. Se dio cuenta de que el soldado no podía tomarlo porque tenía las dos manos totalmente vendadas. Apoyó la caja en la cama, tomó el chocolate y lo partió en pedacitos y se lo fue dando en la boca. Con avidez, el soldado lo comió todo y le preguntó: ¿Cuánto le debo? El teniente disfrazó con una sonrisa su boca mientras sintió un sabor amargo dentro, que tragó.

Otra luna, otra noche que cayó en el buque. Anamaría comía un pedazo de pan en la cubierta. Era lo único que soportaba en el estomágo. Conversaba con una de sus compañeras mientras recordaba a su madre. Ella agotó miles de estrategías para que Anamaría no tomase esa desición. Pero,cuando no le quedó otra opción, le dijo -Te voy a acompañar las noches de luna; solo con mirarla sabrás que estoy con vos.

Cuando terminó esa frase, las dos mujeres se abrazaron, a días de conocerse, como si fueran amigas de toda la vida.

Luego de la confesión, escucharon gritos que provenían del interior. Anamaría apuró el paso, entró y se acercó a una cama. El muchacho dormido agitaba los brazos y sacudía las manos como si tuviese sangre. Los gritos y los movimientos cesaron cuando ella lo abrazó. Él despertó. Volvé a dormir, ya no estás allí, le susurró. El soldado de la sonrisa volvió a dormirse aferrado a la mano del ángel blanco.

13 de Junio de 1982, Anamaría completó un parte médico con nombres de soldados de alta, que volverían al continente, a sus casas, con sus familias; sin una pierna, sin un riñón, con quemaduras en el estomágo, como gorriones sin plumas, y con un sinfin de cicatrices en sus cuerpos y en sus almas. Cantidad de bajas, cuerpos en la morgue del buque, que parecía un garage abandonado con piezas que ya no servían.

Al otro día, temprano en la mañana el Capitán llamó a Anamaría y los dos se trasladaron a la cubierta. Él le cedió un visor nocturno.

Bajo un sol lleno de sombras,

rodeada de un mar de cenizas,

de rodillas,

sintió las mejillas de los soldados en sus labios,

sintió su corazón asesinado por la guerra,

sintió que el frío la estaqueaba,

sintió su cabeza estallar por la impotencia de no poder hacer nada,

y allí vio la típica postal del Puerto Argentino del día 14 de junio de 1982,

las calles,

las casitas,

las montañas

y ya sin bombardeos,

con la celeste y blanca

los soldados argentinos descendían las laderas.

Silvia de Almeida