Oscar Staffa: crear la revancha en la vida

Vecino de toda la vida del barrio El Cazador, vicepresidente durante dieciocho años de la Fiesta de la Flor, y piedra fundamental para la creación del destacamento policial del barrio. Puso todo de él para mejorar, no sólo su vida, sino la de su comunidad.

Dos constantes aparecen en todo lo que narra Oscar sobre su vida. Una es el rol de la madre durante una infancia y adolescencia de responsabilidad y trabajo. La otra es el hecho de “llegar”. El sueño de haber superado, junto a su mujer, un momento difícil después de 10 años de trabajo duro, y lograr tener su casa y su empresa.

Vecino desde niño del barrio el Cazador, ha visto crecer el lugar y participado activamente en sus progresos. Parece ayer cuando en su infancia tenía que caminar dos kilómetros en malas condiciones para ir al colegio. Sufría asma, por lo que el rocío del trayecto en las tempranas horas del día empeoraba su estado. La situación de sus padres era muy precaria, vivían en un rancho de paja, y su papá cuidaba casas quintas, pocas por ese entonces en el lugar. Pero esto es lo que destaca: “Por suerte pudimos levantarnos un poco de todo eso, trabajando con mucha intensidad. Fue muy triste, pero como experiencia no estoy arrepentido de haberlo pasado. Porque me enseñó muchas cosas que mucha gente no conoce, y para saberlas tenes que vivirlas, no que te las cuenten”.

A los ocho años empezó a trabajar con su padre juntando hojas y limpiando piletas. Al terminar la primaria, uno de los patrones le pagó los estudios secundarios en el colegio Belgrano de Escobar, ya que sus padres no tenían las posibilidades. Acostumbrado al sacrificio, durante la secundaria como no quería llegar tarde a la formación, tomaba el colectivo anterior que lo dejaba una hora más temprano. De esto, atesora una gran anécdota con el director del Belgrano: “a los trece años Alberto Ferrari Marín me dio la llave del colegio, para que lo abriera. Era una creatura, y era el que abría el colegio a la mañana porque era el primero en llegar. Encendía la luz y me quedaba solito hasta que llegaban los alumnos. Estaba autorizado a llegar más tarde, pero como me perdía de formar, no me gustaba”. Al recordar lo que hacía, le resulta inevitable soltar un “Qué locura”.

De adolescente, fue mozo en la heladería Real, tuvo un taller de motos y distribuyó el primer pequeño diario que había en Escobar, llamado La Hoja. A los 19 años, decidió comprarse un colectivo para manejarlo, y como le iba tan bien, compró más. “Firmé una cantidad de documentos terrible, nuestra línea era la 291, pero en un momento entró una línea nueva que nos hizo competencia directa y me fundió totalmente”.

A la misma edad, se largó al amor. Chicha tenía 14 cuando lo conoció, y luego de ocho años de noviazgo se unieron en matrimonio. Tuvieron cuatro hijos: Julieta, Hernán, Nicolas y María Ángeles. Su compañera de vida lo acompañó mucho en la difícil situación económica luego del proyecto de la línea de colectivos. Para salir de esa dificultad, empezó en logística y trabajó durante diez años de domingo a domingo para poder salir. “Gracias a dios lo logré. De ahí que la casa y la empresa hoy en día se llame “La Llegada”, recuerda Staffa.

Antes de llegar a ser vicepresidente de la Fiesta de la Flor, Oscar comenzó desde abajo, hasta adquirir cada vez más responsabilidad: “empecé distribuyendo folletitos con la motoneta. Luego atendía a las bandas que venían del interior. Fui escalando, hasta que terminé siendo dieciocho años vicepresidente de la fiesta”, cuenta con orgullo y alegría.

Oscar Staffa además ha logrado dejar huella en el mismo barrio en el que tenía que cambiarse las zapatillas embarradas por los zapatos de colegio. Él ha sido la piedra fundamental para crear el destacamento policial, cuando el barrio era prácticamente tierra de nadie. “Me costó ocho meses llevarlo adelante, junto con gente que nos acompañó mucho. Había un apoyo total, le comprábamos hasta la ropa a los policías”. Lo que lo inspiró es que de niño, recordaba un destacamento policial, que un día dejó de existir. “Para aquella época que no había nada en el barrio, el destacamento era lo máximo. Cuando no estuvo más, siendo chico me dio mucha lástima. A mi me gustó siempre la revancha en la vida, por eso tuve la suerte de traerlo nuevamente”.

“Tener la revancha”, eso parece haberlo guiado siempre en cada cosa que emprendió, para poder dar la vuelta a lo que se le presentaba. Por eso no para nunca, y sigue abriendo el juego: “siempre tengo cosas pendientes, tengo la suerte o la desventaja de que no puedo estar quieto nunca.”, dice. Su mamá fue el ejemplo de esto, y la define como una persona incansable, en paralelo cuando tiene que hablar de él. “Ella me enseñó a saber dar. Ojalá el que se entere de esto, lo trate de imitar, porque así se trabaja un poco para la comunidad. Es lo que necesitamos todos, porque es lo que nos hace bien a todos”, reflexiona Oscar.

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