Rubén González: “Tanto los errores como los aciertos son los que te llevan a ser quien sos”

Estudia, trabaja, practica, se involucra. Cuando algo lo apasiona, se obsesiona con ello. El fútbol, la medicina, el tenis, son sus amores para toda la vida.

 

Rubén nació el 12 de septiembre de 1949, en Escobar. ”Como mi padre, mi abuelo, mis bisabuelos y tatarabuelos… Somos escobarenses desde el 1.600” (sonríe). Hijo menor del matrimonio de Raúl González y Elsa Cejas. Tiene una sola hermana, María Inés. Su padre era almacenero y su madre, ama de casa, ayudaba en el negocio. “Mi padre era un hombre tan bueno. Muy trabajador. Creo que de él herede esto de trabajar tanto”.

Raúl, el almacenero, tenía libretas (fiado), y además les prestaba plata a los vecinos cuando sabía que la necesitaban. Cuando se jubiló y cerró el negocio le quedaban por cobrar 160 libretas. Los ciento sesenta vecinos le pagaron. Algo que lo describe de cuerpo entero.

“Mi mamá era muy bella y muy inteligente, me apoyó y me ayudó a ser quien soy… Vivíamos en la avenida San Martín, frente a lo de Hisaki, casa y negocio. Era todo campo, la ruta era muy finita. Después nos fuimos a vivir a la calle Independencia, frente a los Ingratta. Fui al colegio N° 1 que estaba en la calle Rivadavia. Después cuando nos vinimos a vivir a San Martín 20, fui al colegio N°2, que era el número 9”. Recuerda entre sus compañeros a Omar Ferreti, Mirta González, Eduardo Ramallo, entre otros.

Era un exagerado por el fútbol. “Desde la mañana a la noche, jugando al fútbol. Era nuestra vida. Mucho, demasiado potrero. Como era todo campo, teníamos muchos potreros. El más lindo estaba en la calle Belén, al fondo. Donde es la Chechela profunda, ahora. Nos juntábamos todos. Me encantaba, de esa época, que no había clases sociales. Todos éramos humildes. No había condición social. El que tenía pelota la cuidaba porque 17 o 18 jugábamos con ella. Y después le tocaba a otro. Cuando me tocaba a mí, iba a la carnicería, compraba grasa y le pasaba varias veces y a la noche la ponía sobre la estufa y la miraba (embelesado). Prácticamente nadie tenía pelota. Y éramos felices, profundamente felices… El Escobar de antes no es el mismo de ahora. Pero me gustan ambos y me va a gustar el que sigue. Quizá por mi personalidad, soy muy positivo. El Escobar de antes no puede volver, pero lo recuerdo con mucho cariño. A los 7 años íbamos a nadar al Río Luján, o íbamos caminando por las vías hasta el arroyo Escobar y nadábamos ahí. Y el agua era limpia.  Todos nadábamos ahí. La pasábamos bárbaro. Los domingos en el Paraná eran una fiesta. Cazábamos palomitas y a la noche las asábamos en la esquina del hospital, donde había un taller. Éramos re chiquitos. Solos en la calle, a la luz de una sola lámpara que se movía con el viento”.

Todo el día jugando al fútbol… Rubén tenía al colegio como algo secundario. “Nunca fui bueno en la primaria. La secundaria la hice en el San Vicente. Era muy inmaduro. Muy inquieto, muy deportista. Pero me encontré con grandes profesores. El profesor de Historia había sido asesor del Papa. Era especialista en las Pirámides…nos traducía los jeroglíficos. Rezábamos en francés, teníamos Latín… Lamentablemente, no tuve la capacidad, a mis 13 años, de ver lo grandes profesores que eran. Solo quería jugar al fútbol.”

En cuarto año, repite y se pasa al colegio Belgrano. “Repetir me hizo un clic. Lo tomé de otra manera y empecé a estudiar”.

Si bien no le gustaba la medicina, Rubén quería ser psiquiatra. “Me fascinaba la conflictiva del niño y del adolescente. Me fui a estudiar a la Plata con Julio Nastasia y Carlitos Guevara. La etapa de 22 chicos en una pensión fue fabulosa. Ahí había historias de las que pidas” (ríe). Le dediqué mucho tiempo al estudio. Cuando me hizo el clic me fui al otro extremo. Me sentaba a estudiar a las 7 de la mañana y prácticamente dejaba de estudiar a las 11 de la noche. Nunca vi un gran cerebro. Ni más inteligentes,  ni menos inteligentes que nosotros. La diferencia eran las horas que nos sentábamos a estudiar”. Cuando rindió el final de Fisiología, la profesora dijo: “Pido un aplauso para el mejor examen que escuche en mi vida”.

Rubén se recibe en abril del 76. Tendría que haber seguido Psiquiatría, como era su sueño, pero eran tiempos conflictivos, sobre todo en La Plata. Volvió y se especializo en Geriatría y Gerontología. Después hizo medicina laboral y otras especialidades como Dermatología. “Me fascinó ser médico Clínico, porque es el que tiene el placer de hacer relaciones familiares. Las charlas que tenemos con la gente son gratificantes.”

Cuando tenía 25 años, un día, su amigo Camilo Lamaleto le pide que retire de la casa de una ex novia dos raquetas que había dejado. “Nos vinimos a Escobar a jugar al tenis. Ninguno de los dos sabía. Para nosotros los futbolistas, que terminábamos todos embarrados, el tenis no era atractivo. Era como de “finolis” siempre arregladitos, de punta en blanco, impecables. Cuando terminaban el partido se daban la mano… Nosotros en el fútbol nos agarrábamos a patadas. Éramos chicos rudos (vuelve a reír). Lo cierto que Camilo jugó solo ese día y Rubén, con su personalidad, volvió a apasionarse y a partir de allí no dejó nunca de jugar. Cuando trabajaba en el Hospital Durán, hacía Dermatología. Al volver a Escobar practicaba tenis desde las 14 a las 18 horas, todos los días, de lunes a viernes. Luego atendía a los pacientes en consultorio.

A los 31 años se casa con Adriana Álvarez. De esa unión, que luego no prosperó, tuvo a su hijo Hernán. Trabaja con él y tienen una excelente relación. “Nos llevamos bárbaro y además esta a punto de hacerme abuelo” (sonríe). De una relación posterior nació Bautista “Un rubio hermoso, de ojos celestes. Tiene 5 años” (vuelve a sonreír).

Rubén salió mucho, dentro y fuera del país. “Me encanta viajar por todo lados. Trabajé también en muchos lados, pero siempre vuelvo a Escobar. Acá estoy en mi casa”.

No se arrepiente de nada que haya hecho, o no haya hecho. “Todo lo que hacés en la vida es parte de tu maduración. Tanto los errores como los aciertos son los que te llevan a ser quien sos. No me arrepiento de nada. Me hago cargo de todo”.

Ganador de varios campeonatos, tiene alrededor de 47 Copas, algunas personales y otras representando al Club Independiente, al que adora. Juega en la categoría +65. Hace poco, en Parque Sarmiento, le gano al N° 3 del país, Silverio Sánchez.

 A Rubén le queda un sueño por cumplir. “Ser el N°1 del Tenis de Argentina” (dice de manera enérgica y vuelve a sonreír). Estudia, trabaja, practica, se involucra. Quiere ser el número uno, porque no sabe que ya lo es.

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