Juan Delferro: “Acá hay que trabajar, esa es la palabra clave”

Por Graciela Zorrilla

Su niñez en Montevideo, el ciclismo, el boxeo, su llegada a la Argentina, la relación con su madre, su familia ensamblada, son las piezas de un motor que nunca para. Su vida es la historia de un hijo “que repite sangre”.

Nació en Montevideo el 17 de julio de 1958. Hijo de Orfilia del Carmen Álvarez y Enrique Delferro Mazone. El único hermano de este matrimonio, era Javier, 4 años menor.

“Mi niñez, allá en Montevideo era como la de cualquier chico, antes, acá. Había libertad para jugar, podías andar en la calle hasta cualquier hora. Hice ciclismo durante 8 años en el Club Fénix y boxeo durante 7 en el Club Peñarol. Era mi pasión. Vivíamos a 20 minutos de la rambla, de la costanera. Cuando terminábamos de trabajar, en bicicleta, nos íbamos a la playa. La playa es lo único que extraño”.

Hizo el primario, el secundario y curso terciario en electromecánica. Su primer trabajo fue en el corralón de materiales de sus abuelos. “Me costó mucho. Era bravísimo porque “los vascos” no te daban un minuto de descanso. No eras el nieto, era más que un empleado. Era trabajar, trabajar y trabajar. Solo se descansaba el domingo a la tarde, porque a la mañana había que lavar los camiones y las maquinaria y el lunes otra vez arriba tempranito.  Esa misma cultura del trabajo tenia mi mama y nos la inculco a nosotros”. Por ello, de adolescente, no fue ni a clubes, ni a bailes, solamente a trabajar.

Con el tiempo sus padres se pusieron un corralón propio, y Juan y su hermano trabajaban en él. Pero “por esas cosas que pasan en las familias” sus tías se quedaron con todo y el matrimonio con lo chicos se vino a la Argentina.  La familia llegó en Febrero del 81, todavía estaba la dictadura. “Vinimos aquí porque era lo mas cerca, su gente lo mas parecido a nosotros, el mismo idioma, la misma idiosincrasia. Fue difícil porque no teníamos documentos. Había que hacer la radicación y yo tenia, por mis abuelos, la ciudadanía italiana. Tuve que renunciar a ella para nacionalizarme argentino. Pero no importo, porque ni antes, ni ahora, pienso en volver. Yo amo a la Argentina”.

Juan estaba casado y llegó con su pareja y 3 hijos chiquitos. “No se adaptaron. Fue traumático. A los 8 meses nos volvimos a Uruguay a trabajar nuevamente con los abuelos y a remarla. Después de un tiempo me separe y me vine nuevamente a la Argentina, solo”.

Juan vivía con su madre, su padrastro y sus otros hermanos por parte de Walter: Fernando y María José. “Alquilábamos una casilla en el barrio Ricardo Rojas, en Tigre. No teníamos donde vivir. No teníamos colchones donde dormir. Nos habíamos venido con lo puesto. Trabajamos mucho tiempo con un alemán en la fábrica de aluminio Melegan, en Vicente López. Hacia techos a 8 metros de altura. Yo no sabia nada. No sabes lo que era eso (dice entre risas). Después de mucho tiempo pudimos comprar un camioncito viejo íbamos a todas las obras de la zona y retirábamos los cascotes que nos daban. Lo cargábamos y lo bajábamos a pala en el primer terreno que habíamos comprado en Lambertuchi. Compramos una trituradora de cascote, molíamos todo lo que traíamos, lo subíamos de nuevo a pala al camión y se lo vendíamos a los corralones”– dice y vuelve a sonreír. “Comíamos en el camión, donde parábamos. Mamá cocinaba para todos.  Cada día remándola. Habíamos comprado dos terrenos en Lambertuchi y después pudimos comprar otro en Estrada y Mansilla donde hicimos la casa y los locales. Haciendo la loza falleció mi hermano Javier, con 35 años. Era el mimado de ella”.

Juan vivió casi 20 años en esa dirección. “Creo que mi mamá no pudo nunca superar la muerte de mi hermano. 12 años después, y sin poder disfrutar todo lo que había conseguido en base al trabajo, falleció por una enfermedad”.

Juan tenía un kiosco y bicicletería en uno de los locales. Un 6 de enero, hace 4 años atrás, la vida le jugó otra mala pasada.  “Justo el día del cumpleaños de mi hijo Nacho, se incendió el negocio. Quedamos sin nada. Otra vez en la calle y a remarla de vuelta.  Me tuve que ir de toda esa esquina, que también es mía. Otra vez los hermanos se quedan con las cosas… (sonríe). Cuando hicimos todo eso, ladrillo por ladrillo,  mi mamá  nos juntó y nos dijo esto es para María José, esto para Fernando y esto para Juan. Pero una vez que murió, se perdió el valor de su palabra. Ocurrió el siniestro y mi hermana nos echó”.

Sin lugar a dudas, la figura de su madre marco de manera especial el corazón de Juan. ”Me trataba de usted cuando estaba enojada” (ríe). Al momento de volver a hacer su familia encontró en Alejandra los mismos valores.

“Alejandra es igual. Parece un clon. La conocí hace 20 años, cuando trabajaba en un remis. Un día fue a la remiseria, buscando un chofer, pero yo entonces tenía mi “facha” -dice mientras ríe- “La cosa que yo la lleve a la casa de sus padres y nunca más nos separamos. Buscaba a otro, pero cayo rendida a mis pies (sigue riendo)… Ella ya tenía 2 hijos de una pareja anterior. Siempre juntos la remamos. Es una mujer de fierro. Trabajadora. Una gran compañera. Nuestros hijos: Sofía, Marcos, Nacho, Lucas, son maravillosos. Todos heredaron la cultura del trabajo. Son fieles y honestos.  Los ayudo en todo lo que puedo, porque tengo 60 años…y uno nunca sabe”… “No me iría jamás de la Argentina, ni de Escobar. Esta tierra me lo dio todo. Me dio lo material y me dio cariño y la fe de poder lograrlo todo. Acá te caes veinte veces y veinte veces te levantas. Acá no trabaja el que no quiere. Yo llegué a levantar cartón y salir a venderlo para comprarle  zapatillas a los chicos.  Y hoy lo haría de vuelta. Si me cayera, lo haría de vuelta porque tengo fe en la Argentina. Puede haber malos políticos o gobernantes pero a mi no me importa. Acá hay que trabajar, esa es la palabra clave: Trabajar. No vivir de los demás o de lo que te puedan dar. Uno tiene que tener fe en uno y salir adelante trabajando”.

A pesar de esto, que es una condición absoluta, Juan se arrepiente solamente de no haber pasado más tiempo con su madre. Disfrutando, charlando… Y justamente este es el único sueño que le queda por cumplir: “Estar con mi mamá de vuelta” – dice con la voz quebrada. “Dedicarle todo el tiempo que no pude dedicarle. No se si nos están esperando los de arriba, pero sueño con eso” – dice emocionado.

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