Zara Rodríguez: “Ahora es otra vida”

Por: Graciela Zorrilla

Nació el Día del Trabajador. Como un paradigma de esa historia trabajo durante casi 40 años en la Fábrica de Algodón de Escobar, donde fue delegada gremial. Esta misionera alegre y divertida, crio a sus hijos y  a sus nietos, bajo la cultura del trabajo y la honradez. Por eso, la jerga porteña no le jugaba a favor cuando orgullosa decía ser “mechera”.

Zara nació el 1 de mayo de 1948 en la provincia de Misiones. Su familia tenía una chacra de 90 hectáreas. Eran 8 hermanos. Cuarta hija del matrimonio de María Darrosa y Gerónimo Rodríguez.

“El trabajo en la chacra no era fácil, ni poco. Una semana vos tenías que barrer el patio y a la otra le tocaba lavar la ropa de todos. A mano y con un pancito de jabón. Después se planchaba con plancha a carbón, o te tocaba  cocinar y a la otra darle de comer a los animales, traer agua del aljibe u ordeñar las vacas. Ahí había que levantarse a las 6 de la mañana, no importaba si era domingo. Mi hermano “El Ñato” que era el mayor, se ocupaba de la tierra y los cultivos… En Misiones hice solo la primaria porque en el pueblo no había colegio secundario. Mi padre le dijo a mama de irnos porque sus hijas no tenían forma de educarse y prepararse en la chacra. Vino a Buenos Aires, hizo la casa y nos trajo a nosotras. Mientras estaba la construcción yo me quede en la casa de Ferrari (el abuelo de Guillermo). Me trataban como a una hija más. Detrás de donde ahora está mi casa era toda plantación de naranjas. Recuerdo que en la plaza central había una plantación de trigo. Escobar era totalmente distinto”.

En los terrenos que Rodríguez compró, puso panales de abejas y vendía miel a un productor de la zona. “Todavía la iglesia no existía. Acá había solo una calle, no existía colectora ni Panamericana. Recuerdo que al colectivo 60 que iba a Pacheco tenían que ponerle cadena en las ruedas, por el barro que había en el camino. Papa era contador y fue director de una escuela, también concejal. Siempre andaba en la política. Papa empezó a vender los terrenos de la manzana (actualmente Tapia de Cruz, Independencia, Estrada y Colectora) a la farmacéutica Berenguer, a Pécora, a la familia Ferrari, a los Fateche. También a un señor la esquina de Estrada y colectora, que antes era solo una calle y se lo dio en cuotas. El hombre puso un negocio de frutas. Mucho después estuvo la agencia Peugeot”.

Zara no iba a bailar ni a boliches ni clubes de Escobar. “Había pasado más de un año y unas chicas me invitan porque había abierto Kabuki. Entonces fuimos con mi mamá. Estuvimos un ratito nada más. Mi mamá se aburrió y tuvimos que volver con ella”. (Vuelve a reír).

“A mi me gustaba un chico y mi papá no quería que estuviera con él. Cuando quedé embarazada mi padre me prohibió que volviera a verlo. Yo sufrí mucho al principio pero luego acepte, y le prometí que no lo iba a ver nunca mas…”

Zara era una joven criada en una chacra. Confiada e inocente. Tenía que aprender a moverse en una provincia como Buenos Aires. Cuando su hijo “Pedrin” tenía 3 años, Zara conoce a Oscar. Era el año 73. “Lo veía en la calle siempre me saludaba o decía algo. Él vivía enfrente, en el barrio Luchetti. Un día  me paro y me regalo un ramo de rosas. Cuando mi mamá se entero me dijo: “con ese hombre te vas a casar”.  Su madre María era hija de un brasilero y una alemana, a pesar de sus rasgos, casi negra mota, no tenia simpatía por los morochos.  Junto con otra hermana de Zara, se oponía a la nueva relación. Sin embargo esta vez el padre estuvo de su lado y finalmente Zara se caso con Oscar y tuvieron 3 hijos: “Néstor, Gerónimo y Vanessa. Oscar trabajaba en la fábrica Lumilagro. Prácticamente nos veíamos una hora por día. Después trabajo en una empresa de electricidad y después hacia trabajos por su cuenta. Incluso hizo toda la instalación y mantenimiento de la confitería Succsess.  Más tarde compró un camión y se dedicó a los fletes”.

Zara sufrió un gran golpe al corazón cuando se fue su compañero de toda la vida. “Estuvimos casados 40 años. Cuando él tenía 52 años enfermo de cáncer. Su enfermedad lo acompañó durante 11 años. Sentí que me quede sin protección. Los hijos se fueron yendo, también los nietos y hasta una perra del barrio que yo le daba de comer, también se la llevaron. ¡Era el colmo! (sonríe). Me quedé sola. Era muy triste. Pero vas saliendo. No te podes caer. Se extraña mucho el compañerismo de la pareja. Fueron 40 años, siempre juntos. Íbamos juntos a todos lados”. 

Zara fue una de las tantas mujeres operarias de la Fábrica de Algodón y allí se jubiló con 38 años de actividad. Durante 18 años fue delegada gremial y luego fue delegada congresal. “Entonces la calle Italia era de tierra y era un barrial, teníamos que pasarla con botas o sacarnos los zapatos y lavarnos los pies. Trabajaba con turnos rotativos; de las 6 de la mañana a las 14 horas y, a la semana siguiente, de 2 de la tarde a las 10 de la noche. Teníamos 20 minutos para comer. Era una fábrica mixta y para mí fue fácil trabajar con hombres. Son muy compañeros. Si te haces respetar, nadie te molesta”.

Su puesto de trabajo le trajo más de un dolor de cabeza al momento de explicar a que se dedicaba:

“Yo trabajaba de mechera (dice riendo). Porque el hilo del batan va a la manual, y de allí a la “mechera” que hace el algodón más fino, de allí a la continua y después a la acopladora. Así que yo inocentona cuando me preguntaban de que trabajaba decía lo más tranquila: “mechera” (porque el recibo decía mechera) y obvio que me miraban raro (sigue riendo). Encima hablaba con la elle como en Misiones y había muchas palabras de acá que yo no entendía. Igual me hice de un montón de gente amiga que conservo hasta hoy”.

Zara dice que no se iría de Escobar. Sigue visitando varias veces al año su chacra recuperada en Misiones pero al poco tiempo siente la necesidad de volver. ”Extraño el ruido de la Panamericana. Allá hay mucho silencio. Mucha soledad. Hasta los pájaros de noche parece que te dan miedo. El silencio es como un ruido distinto”

Zara vive con solo uno de sus hijos. Sale con amigas, viaja y realiza tareas y actividades que antes por la familia y el trabajo no podía hacer. No quiere volver a hacer pareja. “Cuando te casas, la pareja se va marchitando junta. No te das cuenta que el cuerpo del otro se va marchitando. Pero ahora…arrancar desde ahí… ni pensarlo (ríe a carcajadas)… Ahora es otra vida. Y con mentalidad  positiva la aprendes a vivir”.

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