Julio César Sergiani: “Estoy feliz con la vida que hice”

Artista plástico, diseñador  y decorador. Hombre de las instituciones escobarenses que ocupó cargos en la política local, sin ambiciones personales, solo para buscar beneficios para la comunidad. Tras sufrir algunos inconvenientes de salud, ahora se refugia en la pintura y su colección de aviones y tanques en miniatura, mientras recuerda un Escobar abierto y amigable, de bicicletas y carruajes, aunque celebra el crecimiento de la ciudad que lo vio nacer.

 

Julio César nació el 31 de octubre de 1938, en Escobar. Ayer fue su cumpleaños. Sus padres: José María Félix Sergiani y  Matilde Angélica Borsani  estaban radicados en calle Ameghino 487. “Cuando era de tierra. Las únicas asfaltadas eran la Tapia, Colón, Mitre y Rivadavia. Empecé la primaria en el colegio Santa María, pero sexto grado tuve que hacerlo en la escuela Nº 9 (ahora escuela 2), Horacio Travi, porque las hermanas compasionistas sacaron a los varones del alumnado”.

Julio recuerda al “negro” Galván, Demarco, Ivo Iacouzzi, los dos hermanos Amor, Enrique Popi, los Carboni, entre otros compañeros. Los estudios secundarios los curso en la escuela Manuel Belgrano de Capital Federal. “Entré a bachiller, pero como no me gustaba, porque no tenía pretensiones de seguir una carrera, con mi papá decidimos que ingrese a la escuela de Bellas Artes. Me recibí de profesor de dibujo y pintura. Siempre tuve invitaciones, por ejemplo Ferri Marín me ofreció de ejercer en el Belgrano pero nunca quise. No me gustaba la docencia. No tuve siquiera alumnos particulares. Quizá fui un poco egoísta, pero me lo guarde para mi”.

Desde muy chico los amigos lo llamaron “Rulo” seudónimo que lo acompaña hasta hoy. “Porque tenía rulos muy grandes. También en una época me dijeron “pelito”, y hasta me pusieron “pirata” cuando estuve con el ojo tapado un mes y pico, tras una operación” – dice riendo y agrega: “Vivíamos muy tranquilos. Salíamos de noche el grupo de chicos a andar en bicicletas por las calles asfaltadas y nunca nos pasaba nada”.

A los 20 años, su  primer trabajo fue en una agencia de publicidad, hacía los dibujos del caramelo Media Hora. “También hice el logotipo de varias farmacias y laboratorios.  Después tuve la oportunidad de entrar en Eugenio Diez, una empresa de amueblamientos de oficinas y el hogar, allí hice un curso de decoración de exteriores y me fui perfeccionando en interiores y diseño de muebles de oficina. Después tuve la suerte de dar con Ricardo Blanco que en esa época diseñaba muebles para varias firmas de Capital. Aprendí  mucho de él”. Más tarde Julio Cesar pasaría  por varias fabricas, que eran proveedoras de Eugenio Diez.

Conoció a  Marta en un baile en Campana. Estuvo un tiempo sin verla pero el destino los volvió a reencontrar.  “Yo viajaba de Escobar a Buenos Aires todos los días.  Ella con su prima tenían un negocio de belleza femenina y viajaban todos los lunes a hacer comparas a capital. Un lunes nos cruzamos dentro de un tren en Retiro. En esa época se viajaba en los coches a obscuras, ella venia hablando con su prima y la reconocí por la voz.”   Se pusieron de novios, luego de tres años, cuando Julio tenía 26 años, se casaron. Al día siguiente se fueron a vivir a Mendoza. “Cuando Marta estaba embarazada de Adrián mi primer hijo, el medico nos dijo que Mendoza era un clima muy seco y Buenos Aires muy húmedo. Por eso si pensábamos volver había que hacerlo antes que el niño naciera. Y así lo hicimos. En Mendoza estuvimos dos años. Como trabajábamos los dos, juntamos plata y al volver compramos el terreno y construimos la casa en la que aun vivimos sobre calle Belgrano al 800. Mientras construimos nos fuimos a vivir de prestado ala casa de mi suegro y ahorramos un poco de dinero, con ese dinero alquilamos en Puente Saavedra. Yo había vuelto a trabajar en Eugenio Diez”.  Cuando se termino de construir la Casa, el matrimonio volvió a radicarse definitivamente a Escobar. Quince meses  después del nacimiento de Adrián llegó Carolina, que le dio a Julio tres nietos: Agustín, María Clara y Sara. “Mi relación con ellos es muy buena. Lastima que ahora se interrumpió por el estudio. Antes estudiaban todos en el Belgrano, así que los tenia cerca y los iba a buscar. Ahora se me fueron a la facultad, y cada uno levanta vuelo para su lado”- dice sonriendo.

Sin lugar a dudas, su paso por la Fiesta de la Flor marco una época maravillosa. “Recuerdo haber hecho el afiche de la tercera fiesta. “Pololo” Larghi era secretario de la comisión. Hacía diseño y decoración de los pabellones y las carrozas y las escenografías. Fui haciendo los escenarios que cada vez fueron más grandes, se hizo el carrillón. Eran los años 70 y 80 que fueron los años de esplendor de la fiesta”.

Julio estuvo alrededor de 10 años como intendente del predio de la FNF. En el gobierno municipal de Oscar Larghi fue secretario del intendente, luego trabajo con Egberto Sureda tres años en la Dirección de Cultura durante la intendencia de Luis Patti y fue primer concejal en la lista que llevo al frente de la comuna a Sandro Guzmán. Sin embargo, su trabajo siempre fue técnico sin involucrarse en coloridos políticos. “No me gusta la política. Acepte siempre mas por una cuestión de responsabilidad, porque siempre pensé que se podía hacer, desde adentro, cosas por Escobar. Eso fue lo que me motivo. No porque tuviera una ambición política”.

Sergiani fue 3 años presidente del Club Independiente e integro 6 años la Comisión Directiva del Club de Leones, y siempre trabajo en espacios que tuvieran que ver con aportes para la comunidad. “Hoy en la soledad pinto y continuo con mi colección de aviones en miniaturas, son aviones de guerra, no porque yo nací en la Segunda Guerra Mundial. Tengo replicas de tanques y aviones de esa época que yo mismo hice en madera o madera balsa. “

“Rulo” no se arrepiente de nada que haya hecho o dejado de hacer e su vida “No al contrario. Lo único que lamento es en este momento es no poder brindarme como quisiera. Están los años de por medio y uno tiene que saber conformarse. Yo estoy feliz con la vida que hice, con la familia, Tuve la suerte de tener muchos amigos, y seguir siendo un vecino bien visto y sentirme apreciado en la comunidad. Aún recuerdo un Belén tranquilo y amigable, donde nos conocíamos todos, pero me gusta mucho que haya cobrado esta vida de ciudad. Lo único que le falta es un poco de gastronomía” (vuelve a sonreír).

 

 

 

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